UNIDAD III: BAJA EDAD MEDIA b) urbana

Publicado en por qué larga es la historia de la música

LE GOFF Jacques, La Civilización Del Occidente Medieval,  Barcelona, Paidós, 1999. (Selección de textos MF)


El tiempo medieval es sobre todo un tiempo agrícola. En ese mundo donde la tierra es lo esencial, donde vive —rica o pobremente— casi toda la sociedad, la principal referencia cronológica es una referencia rural.

No cabe duda de que el tiempo medieval cambia —todavía lentamente— a lo largo del siglo XIV. El éxito del movimiento urbano, los progresos de la burguesía de comerciantes y de empresarios que sienten la necesidad de controlar más de cerca el tiempo de trabajo y de las operaciones comerciales —sobre todo las bancadas, con el desarrollo de la letra de cambio—, rompen y unifican el tiempo tradicional. Ya en el siglo XIII, el pregón o la trompa del vigilante indicaba el comienzo de la jornada, y pronto la campana del trabajo aparece en las ciudades comerciales, sobre todo las ciudades con industrias textiles, en Flandes, en Italia y en Alemania. Además, el progreso técnico, fomentado por la evolución de la ciencia que criticaba la física aristotélica y tomista, rompe el tiempo y lo hace discontinuo permitiendo con ello la aparición de los  relojes que miden la hora en el sentido moderno, vigésimocuarta parte del día.

Es cierto que, a la larga, el progreso de la burguesía urbana socava la feudalidad pero, a finales del siglo XIII, está aún lejos de dominarla, ni siquiera en el plano económico.

Será menester esperar aún siglos para que la distancia creciente entre el poder económico y la debilidad social y política de las capas superiores urbanas produzca las revoluciones burguesas de los siglos XVII y XVIII.

No cabe duda de que el tiempo medieval cambia —todavía lentamente— a lo largo del siglo XIV. El éxito del movimiento urbano, los progresos de la burguesía de comerciantes y de empresarios que sienten la necesidad de controlar más de cerca el tiempo de trabajo y de las operaciones comerciales —sobre todo las bancadas, con el desarrollo de la letra de cambio—, rompen y unifican el tiempo tradicional. Ya en el siglo XIII, el pregón o la trompa del vigilante indicaba el comienzo de la jornada, y pronto la campana del trabajo aparece en las ciudades comerciales, sobre todo las ciudades con industrias textiles, en Flandes, en Italia y en Alemania.

La ciudad medieval, sin embargo, no parece a primera vista un monstruo espantoso por su tamaño. A comienzos del siglo XIV, muy pocas ciudades sobrepasan, y de poco, los cien mil habitantes: Venecia, Milán. París, la mayor ciudad de la cristiandad septentrional, no llegaba sin duda a los doscientos mil habitantes que se le han atribuido a veces con gran generosidad. Brujas, Gante, Toulouse, Londres, Hamburgo, Lübeck y todas las demás ciudades de esta importancia, las de primera fila, contaban de veinte mil a cuarenta mil habitantes.

 

 

 

Una ciudad medieval: observá las dos líneas de muralla que protegen tanto el centro  civil y comercial (la plaza y el ayuntamiento) y el religioso ( la catedral)






Por lo demás, como se ha observado a veces con toda razón, la ciudad medieval continúa muy compenetrada con el campo. Los ciudadanos llevan en ella una vida semirrural. En su interior, sus murallas albergan viñas, huertos, incluso prados y campos, ganado, estercoleros.

No obstante, el contraste ciudad-campo fue mayor en la Edad Media que en casi todo el resto de las sociedades y de las civilizaciones. Los muros de una ciudad son una frontera, la más fuerte de las conocidas en esta época. Las murallas, con sus torres y sus puertas, sirven para separar dos mundos. Las ciudades consolidan su originalidad, su particularidad, y reproducen de forma ostentatoria en sus sellos esas murallas que las protegen. Trono del bien, es decir, Jerusalén; sede del mal, es decir, Babilonia, la ciudad en el Occidente medieval siempre es el símbolo de loextraordinario. Ser ciudadano o campesino, he ahí una de las grandes líneas de separación surgidas en la sociedad medieval.

Entre los siglos X y XIII, la faz de  las ciudades de Occidente cambia. Hay una función que se hace esencial en ellas, que reanima las viejas ciudades y crea otras nuevas: la función económica, función comercial y también artesanal. La ciudad se convierte en el hogar de lo que los señores feudales detestan: la vergonzosa actividad económica. Pero el principal frente de las tensiones sociales es el campo. La lucha se hace endémica entre señores y campesinos. A veces se desata en crisis de gran violencia. Todo ello es debido a que, si en las ciudades de los siglos XI al XIII, las revueltas están encabezadas por los burgueses ansiosos por asegurarse el poder político que garantiza el libre ejercicio de sus actividades profesionales, y por lo tanto su fortuna, y les confiere un prestigio proporcional a su poder económico, en el campo, en cambio, las revueltas de los campesinos no tienen sólo por objeto mejorar su situación, fijando, disminuyendo o aboliendo los servicios y las prestaciones gratuitas que cargan pesadamente sobre ellos, sino que son con frecuencia la simple expresión de la lucha por la vida. La mayoría de los campesinos constituyen esta masa casi al borde del límite alimentario, del hambre y de la epidemia.

 

Tejedor  medieval. La mujer estuvo siempre presente en el trabajo textil, por ejemplo, como en este caso, devanando la lana que luego sería tejida por su marido. También podía suceder que se contrataran devanadoras que solían hacer el trabajo en sus casas y luego llevarlo ellas mismas al taller.

 

 


El enfrentamiento entre las clases, fundamental en el campo, reaparece muy pronto en las ciudades, no ya como la lucha de los burgueses victoriosos contra los señores, sino  como la del pueblo bajo contra los ricos burgueses De hecho, desde finales del siglo XII hasta el siglo XIV se va dibujando una nueva línea de fractura social en las ciudades que enfrenta a ricos y pobres, a débiles y poderosos, al popolo minuto y al popolo grosso La formación de esta categoría urbana dominante, a la que se ha denominado el patriarcado, compuesto por un grupo de familias que acumulan la propiedad inmobiliaria urbana, la riqueza, el dominio sobre la vida económica y el control de la vida política mediante el monopolio de los cargos municipales, hace que se levante frente a ella la masa de los nuevos oprimidos pobres y ricos se enfrentaban en las ciudades En las de lengua francesa, donde hasta ahora se había hablado tradicionalmente de oficios «fundados sobre el trabajo y sobre la mercancía», trabajo y mercancía se disocian Los trabajadores manuales se levantan muy pronto contra aquellos que, a su vez, les tratan de ociosos Ya a finales del siglo XIII, las huelgas y los motines contra los «ricos hombres» se multiplican y, en el siglo XIV, a favor de la crisis, se suscitan violentas revueltas en la mayoría de las ciudades. A pesar de la tendencia maniquea de la Edad Media a simplificar todo conflicto como el enfrentamiento de dos campos, el de los buenos y el de los malos, no hay que pensar por ello que la lucha de clases se limitaba a esos duelos señores-campesinos, burgueses pueblo La realidad era más compleja, y una de las razones principales del fracaso de los débiles frente a los ricos fue, además de su debilidad económica y militar, las divisiones internas que incrementaban su impotencia.  En la ciudad y en la aldea, el gran centro social es la taberna. Puesto que se trata en general de una taberna «banal», perteneciente al señor, y puesto que el vino o la cerveza que allí se beben son, la mayoría de las veces, proporcionados o tasados por él, el señor fomenta su asistencia. El cura, por el contrario, lanza vituperios contra ese centro de vicio en el que se da libre curso a los juegos de azar y a la borrachera y donde se hace la competencia a las reuniones parroquiales, a los sermones, a los oficios religiosos. Recuérdese la taberna cuya algarabía ahogaba la voz del dominico a quien escuchaba san Luis. La taberna no sólo reúne a los hombres de la aldea o del barrio —ése es otro cuadro de solidaridades urbanas que adquirirá tanta importancia a finales de la Edad Media, lo mismo que la calle, donde se agrupan los hombres de una misma procedencia geográfica o de un mismo oficio—, sino que desempeña además, con frecuencia, en la persona del tabernero, el papel de banco de préstamos y acoge a los extranjeros dado que, la mayoría de las veces, es al mismo tiempo un albergue. De ese modo, la taberna es un nudo esencial en la red de relaciones. Desde ella se difunden las noticias portadoras de realidades lejanas, las leyendas, los mitos. Las conversaciones que en ella se mantienen forjan las mentalidades. Y como la bebida calienta los espíritus, la taberna contribuye poderosamente a dar a la sociedad medieval ese tono apasionado, esas embriagueces que hacen fermentar y estallar la violencia interior.


La iglesia de Notre Dame de París es una de las mayores representantes del arte gótico. En ella se escucharon organa y discantos de  Leonino y Perotino, los grandes compositores del Ars Antiqua. 

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